un enlace no, “el” enlace
Si os gusta Bukowski, y si no lo conocíais ya (que sería raro si se cumple la primera premisa), vigilad con el teclado, no se os vaya a estropear cuando se os salten las lágrimas al ver la ingente cantidad de información que encontraréis del susodicho en http://bukowski.net/
Desde un checklist para aseguraros de que los habéis leído todo (lo encontrable) hasta originales escaneados, pasando por los lugares de Los Ángeles en que vivió o los registros que mantenía sobre él el FBI … ¡a disfrutar!
patatas fritas
Las patatas fritas estaban crujientes. Realmente crujientes. Un poco aceitosas, es cierto, pero sólo lo notaba en las yemas de los dedos cuando las chupaba para rebañar las escamas de sal. Para seguir cogiendo patatas no le molestaba en absoluto. Cerraba con fuerza la mandíbula. La cerraba con fuerza procurando mantener los labios separados para poder escuchar mejor el crujido de las patatas al ceder al encaje casi perfecto de su dentadura, untuosas esquirlas doradas saltando en todas direcciones, brillando como estrellas fugaces al sol de mediodía. Lo escuchaba por fuera, a través del poco aire que mediaba entre su boca y sus orejas. Se concentró luego en escucharlo por dentro. Podía sentir la onda expansiva que producían las patatas al estallar bajo los demoledores setenta y siete kilogramos por centímetro cuadrado de su infatigable y poderosa mandíbula al batir, poniendo en tensión todas y cada una de las proteínas hasta el último jirón de tejido conectivo de su cuerpo, provocando un violento borboteo en el líquido de sus ventrículos, propagándose velozmente a través de los huesos de su cráneo, con un sonido más grave y rotundo todavía.
Sacudiéndolo todo en una íntima catarsis.
Lunares translúcidos sobre el papel. Mmmmmhh… interesante artículo. Claro que, bien pensado, setenta y siete kilos tampoco era tanto. ¡Mira el tiburón, sin ir más lejos, qué mordida tiene! Ciento treinta y seis kilos, ¡casi nada! O los novecientos sesenta y dos del aligator. Por no hablar de los más de mil trescientos del célebre tiranosaurio. Pero el Dunkleosteus, ¡ah, eso sí que era morder! Con sus largas cuchillas óseas a cinco mil seiscientos kilos y sus vertiginosas dos centésimas para abrir la boca, succionaba y masticaba todo lo que se ponía a su paso… ¡succionar! ¡Masticar! ¡Otra víctima! ¡Y otra más! Una masa pastosa se le iba acumulando en la boca sin tiempo material para responder a su voracidad, pero el Dunkleosteus seguía…
—Disculpe, amigo.
—¿mmmhbsíii?
—¿Le importaría cerrar la boca para comerse las patatas y hacer un poco menos de ruido? Se nos hace difícil terminar el aperitivo, con el espectáculo que está dando.
—Sí, esto… ¡sí, claro, perdone! Estaba algo distraído…
Bukowski y los demás y Bukowski
¿Alguna vez os ha parecido que no encajáis demasiado con las personas de vuestro entorno? ¿Habéis tenido ganas de huir de una multitud y recluiros en casa a cal y canto? ¿O quizás lo habéis hecho ya? ¡Tranquilos, no estáis locos! O quizás sí, pero da igual, porque todavía podéis ser unos grandes escritores. Para que podáis descansar de mí un rato y aprender de los que saben, esta vez os dejo otra perla de la entrevista con Fernanda Pivano que lo demuestra (o no):
“Pivano: ¿Y qué debo pensar que te hace sentir desgraciado?
Bukowski: Ah… conceder entrevistas.
Pivano: Gracias.
Bukowski: Tener angustia cuando me duelen los pies: los pies me duelen mucho. Creo que lo que me hace sentir peor es encontrarme entre una multitud de gente, una multitud con mucha gente, y escuchar su conversación. Me hace sentir absolutamente desgraciado. No sólo desgraciado, sino que casi me vuelvo loco. Porque allí está toda la humanidad, y yo bloqueado en el centro y eso es todo lo que saben decir.
Pivano: ¿Porque la conversación es banal?
Bukowski: Peor que banal. Es insensata, es… los perros hablan mejor, y ni siquiera saben hablar. Sí, típicamente banal. No me gusta la multitud cuando no dice nada. Me gusta estar al margen de las multitudes, de los lugares llenos de gente. Más de una vez bajaba todas las persianas, no contestaba el timbre, a quien llamaba o a lo que fuere durante una semana seguida. Me limitaba a estar tendido a solas en la cama. No ver a nadie, no hacer nada. Es muy gratificante para mí.
[…]
Pivano: ¿Y crees que esta es la razón que te ha llevado a vivir aislado?
Bukowski: Oh, sí, naturalmente. […] Incluso cuando vivía en Los Angeles, era una zona especial, donde vivían los pobres.
[…]
Pivano: ¿Pero tú vivías allí porque no podías elegir?
Bukowski: Bueno, habría podido vivir en una zona mejor de haberla buscado y haberme preocupado. Es decir, cierto tipo de gente nunca habría vivido donde vivía yo, porque piensan que este tipo de lugares es horrible. A mí me gustaba bastante porque no tenía que tratar con la gente media. ‘Buenos días, qué día tan hermoso’, no tenía que preocuparme de todo esto, ¿entiendes? Yo no amo a la humanidad, ¿entiendes?
Pivano: Sí, esto resulta muy claro de tus escritos. Pero yo me pregunto las causas, ¿dónde están las causas de todo esto, dónde y cuándo comenzaron, por qué no amas a la humanidad?
Bukowski: Veamos… yo no analizo jamás, me limito a reaccionar. Si no me gusta algo, no me meto. Pero nunca intento descubrir: ‘¿Por qué no me gusta esto?’ Yo ando con todos mis prejuicios. Jamás intento mejorarme o aprender algo, sino siendo exactamente lo que soy. No soy uno que aprende, soy uno que evita. No tengo ganas de aprender, me siento perfectamente normal dentro de mi comportamiento loco.
Pivano: Pero ¿qué evitas?
Bukowski: Llegar a ser como los demás.
Pivano: ¿Y piensas que si aprendes algo sobre ti mismo te conviertes en otra persona?
Bukowski: Si fuera a ver a los psiquiatras y descubriera dónde se cruzan todos mis hilos, enderezase todos mis hilos, bueno, probablemente comenzaría a dar palmaditas en la cabeza a los niños, a sonreír a los manzanos, y subiría arriba a escribir y escribiría porquerías que nadie querría leer, porque sería lo que todos dicen o hacen o fingen decir y hacer. Cuando subo arriba a escribir es lo que soy ahora, incorrupto. Yo mismo.”
El lugar donde le gustaba bastante vivir era una casa en East Hollywood, descrito en el mismo texto como un barrio con todas las puertas arrancadas, gente que se dispara entre sí y grita, escarabajos, putas y drogados. Realmente le gustaba poco tratar con gente media, como la llama.
tenemos que hablar
¿Nos lo habíamos dicho todo ya? Ahora no soy capaz de recordarlo. Sólo recuerdo que, excepcionalmente, el televisor estaba apagado y nosotros sentados en el sofá, uno al lado del otro a una prudente distancia, en lo que podría haber parecido una conmovedora escena familiar a un observador poco avezado. Ella, sentada sobre sus piernas, se limaba las uñas con una atención aparentemente obsesiva, del pulgar al meñique y vuelta atrás, una mano y luego la otra, una y otra vez. Yo, lejos de la altivez de una postura erguida pero temeroso de que el mero hecho de arrellanarme se pudiera interpretar como renuncia o desinterés, me mantenía con cierta incomodidad en algún punto intermedio, con las manos a los lados. Paseaba la vista entre su prolija actividad, la grieta del techo que parecía más ancha y oscura y hambrienta que de costumbre, una heterogénea muestra de muebles que daba cuenta del irregular criterio de nuestra vida en pareja y la luz de una vela que, sobre la librería, se mantenía todavía viva, aunque vacilante. El crepitar irregular de la llama puntuaba ruidosamente el fin de un diálogo asolado por el silencio, en un sofá demasiado grande para que se encontraran las manos. Sin tele, la ausencia de la escandalosa argamasa que suele juntar los retazos de palabras apenas pronunciadas en sucedáneos de conversación, amplificaba el incesante roer de la lima. El fragor de la caldera, amortiguado por las paredes, llegaba desde el garaje como el avance de una tormenta que ya está descargando en algún lugar, no muy lejano. Corramos a buscar refugio.
—¿No tienes nada más que hacer?
Me veo reflejado en la esfera de su reloj; el minutero atraviesa mis labios.
—Lo digo sin mala intención…
Entre soplidos y chisporroteos, la vela, tras un breve centelleo, se apaga.
feliz navidad
Observa, agachado.
Le buscan sin ver.
El brillo en sus manos
al fin de la calle
es negro y es mate.
Todavía en rojo.
Cerca, ve la entrada.
Ahora no miran
y cruza zumbando:
se para el primero
y frena el siguiente;
el otro ya no.
El choque lo proyecta unos metros por encima del capó y se viene abajo sobre la hilera de coches aparcados con una pirueta más propia del fruto de un fresno buscando la vida que de un cadáver que pronto va a ser.
Revienta el cristal,
abolla la chapa,
golpea en el suelo,
estruendo infernal.
Ya todos lo miran.
Lejos, ve la entrada.
Empuja sus restos
su aliento final.
Silbando, las balas
le quieren dar caza:
la vieja señora,
el perro que pasa,
la luz al cambiar
a verde del rojo,
el marco y la puerta,
abrazan el plomo.
Impacto en el hombro
apenas llegar.
Le siguen tres más:
salpica el cristal.
Como en un susurro,
sus labios se mueven
al verla mirar:
“Si nunca fui tuyo,
lo soy al final”.
Su cuerpo se escurre
al pie del portal.
La chica se gira
con un ademán
de “ya no me importa
lo que me dirás.
Yo sí que fui tuya
y un día te vas:
querías futuro,
pasión, mucho más.
Ni quedas palabras,
ni el bálsamo dulce
de un mimo al pasar
supieron colmar,
de tu pecho rudo,
las ansias de loco.
Y ahora, otra vez,
te vas.
Ya lloré tu muerte
entonces, pero hoy…
feliz navidad”.




